A los 12 años, J. enfrentó un juicio en el Tribunal para Menores debido a que portaba un arma de uso exclusivo del Ejército; después de un año de estar encerrado o “torcido”, volvió a su colonia, de donde salió como uno de los pandilleros más temerarios. Tres años después, en una batalla callejera disparó contra un par de jóvenes iguales a él pero de otros barrios.J.
Siempre lo tiene presente. Eran las cuatro de la tarde. Los chavos contra los que usó su pistola tipo escuadra calibre .380 estaban en el suelo y pedían que los perdonara, pero al verlos tirados, con el terror en sus caras, los ejecutó. Todavía, cuando llega a dormir, sueña con esas caras, sobre todo con la de uno de ellos: ese tenía 16 años, acaba de llegar a Juárez y no tenía ningún conflicto con él. Lo detuvieron e iba a ingresar por segunda vez al Consejo Tutelar, pero fue rescatado antes por los narcos que controlan colonias de la zona Poniente de Ciudad Juárez.“Ahora trabajas para nosotros”, le dijeron a J. Tenía que pagar su libertad. Ahora tiene 17 años y es uno de los sicarios de La Línea, uno de los cárteles que lucha por controlar el trasiego de droga por esta ciudad fronteriza.
En el barrio se le mira tranquilo. Habla de fútbol, de toros y a veces de música, pero de pronto recibe llamadas a su teléfono celular. “Vente, hay un ‘evento’”, le dicen. Y J. deja lo que está haciendo, oculta su escuadra entre la ropa y espera a que pasen por él para ir al “jale”, a ejecutar a quien le indiquen, con la certeza de que, si la policía lo agarra otra vez, los jefes arreglarán su liberación para que él siga en deuda con ellos.
¿Cómo se han ido integrando los chavos a la delincuencia organizada? –se le pregunta a V., de 16 años.
En el barrio (la banda) uno anda en la calle sin hacer nada, porque en la escuela no nos quieren, que porque somos cholos, y ahí se van acercando esos batos, los que venden droga y controlan el punto (de distribución). “En mi colonia dan 200 pesos por seis u ocho horas, te dan la droga, piedra casi siempre, y a otro le dan un arma. Hay siempre otros dos, que les dicen postes, que son los que vigilan; ellos traen arma y también les dan 200 pesos. Si la cosa se pone fea, que vengan de otro barrio a echar bronca, llegan los sicarios a tirar bala. En mi colonia les dan mil pesos por semana, pero eso es porque ahí todo está seguro”. Y es que en las principales avenidas y en el centro de la ciudad, donde la venta está más a la vista, los sicarios reciben de 3 mil a 5 mil pesos por semana, pues no sólo defienden el punto de venta, sino que también se encargan de la distribución. Otros, más especializados, cobran 20 mil pesos por ejecutar a personajes “pesados”, sean policías o adversarios del patrón. En todo caso, las sumas que se manejan nada tienen que ver con el salario de la maquila: 600 pesos por semana.
“Todo está arreglado” Con sus calles sin pavimento ni iluminación, casas de materiales precarios e incluso improvisadas con desechos industriales, las colonias del poniente de Ciudad Juárez son el campo de batalla de las bandas controladas por los cárteles que se disputan la plaza: La Línea y el cártel de Sinaloa. Por eso los juarenzes viven en permanente zozobra. No hay día ni noche sin balacera. Casi no hay niños en las calles. Los parques, construidos por las comunidades ante el abandono gubernamental, ya son puntos de distribución de drogas. Por miedo, la gente no denuncia ni siquiera las lesiones que han sufrido en el fuego cruzado. Se siente la amenaza. De hecho, durante el recorrido de la reportera insistieron en que no se les identificara porque los capos pueden aplicar represalias.
En el centro de la ciudad y en colonias como La Cima, la distribución de enervantes se lleva a cabo abiertamente, aunque los soldados patrullan continuamente. Los jóvenes vendedores ofrecen sus productos en las banquetas y esquinas de calles poco iluminadas: piedra, heroína, inhalantes y cocaína. La mariguana sólo a veces, porque en estas fechas escasea, según los vendedores “porque toda se entrega directo a Estados Unidos”.
La piedra es la droga que más consumen los juarenses en colonias populares. Por una dosis pagan 60 pesos. Ningún movimiento se les escapa a los cárteles. Jóvenes de entre 18 y 20 años patrullaban en carros sin placas y vigilaban los pasos de los reporteros, de día y de noche, cuando se acercaban a un punto de venta. “Son los que traen la merca, pero también traen armas”, comenta un joven de estas colonias. Cuando esos vehículos llegaban a los puntos, creaban tensión entre los vendedores y sus clientes potenciales, pues, según dijeron varios de ellos, no podían prever lo que harían al ver periodistas. La Cima, donde la venta de enervantes las 24 horas ya es casi tradición, está a menos de 200 metros del Centro Deportivo Altavista, donde acampan soldados. Pero los encargados de los puntos de venta no les tienen miedo porque, dicen, “todo está arreglado”. L. es un joven que atiende uno de estos sitios. “El narco te da pistola –asegura– y uno puede estar vendiendo sin problema. Si llega un policía puedes decirle que se vaya porque estás trabajando. Nomás le doy el nombre del patrón y aunque traiga armas no dicen nada. Pero si viene el Ejército o los federales, te van avisando por radio y escondes la merca y el fierro, y no pasa nada, nomás te revisan y ya.“¿Drogas? No podemos consumirlas, está prohibido porque el patrón quiere que andes al tiro, alerta; si te agarra consumiendo, no te la acabas. Uno puede cuando termina el turno, pero la mayoría no le hacemos a eso.“
Algunos que le hacen a la sicariada, se meten pastillas cuando van a un ‘evento’ y se ponen bien locotes. Saben que los pueden matar, pero igual te matan en el punto. Por mil 200 pesos que dan a la semana por vender, no sabes cuándo te pueden llegar, o si te tuercen (detienen), tampoco sabes si te van a sacar”, explica.
La falta de garantías para salir vivo llevó a otro joven, identificado como M. Ags., a dejar esa actividad criminal. Chavo de barrio, que parece violento por naturaleza por su afición a disparar con facilidad, M. fue detenido dos veces por homicidio siendo menor de edad, pero nunca pisó el Consejo para Menores porque los hombres del narco lo evitaron. Como a muchos otros, lo llamaron para cobrarle los favores. Pero él sólo hizo tres trabajos como sicario, ya que pronto se enteró cómo trataban sus patrones a los que son buenos con el gatillo. El más pesado de los narcos le dio una orden: “Aquel salió muy bueno, ya se echó a 20. Mátalo”. Tuvo que cumplirlo. Un sicario no puede saber tanto. Entonces M., que en aquel entonces acababa de cumplir 18 años, se sinceró con sus patrones: “Ya pagué los paros (los favores por liberarlo), hasta aquí llegué”, les dijo. Resultó, aunque sigue perteneciendo al barrio, porta armas y es uno de los más temidos...
Josue A. Morin
jueves, 25 de diciembre de 2008
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